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Lunes | 11 de Diciembre de 2017

Cada vez más brujas

Tiempos Violentos

Lic. Alicia Cáceres - 15-04-2014

 

Cada mañana prendo el televisor antes de empezar el día de trabajo para ponerme al tanto, sobre todo del clima y de las últimas noticias, para estar mínimamente enterada de cómo anda el mundo. Tengo que reconocer que cada vez me acerco más al día en que no lo haré más, y me conformaré con salir al jardín y verificar por mí misma si me hará falta más o menos abrigo. Pienso en la gente que tiene todo el día el televisor o la radio clavados en los programas de noticias y comprendo el miedo generalizado y la ansiedad en la que viven.


Es difícil dilucidar cuánto de lo que se transmite es fiel a la realidad de la calle, y cuánto influye en nuestra emocionalidad y en las consecutivas acciones. Sea como sea, la tensión ha crecido en nuestra sociedad, y estalla en picos de enojos y violencia, en nuestras casas, barrios, calles, escuelas, etc.

 

Han aumentado y/o se han tornado más visibles los femenicidios, los abusos a menores, las peleas callejeras, las golpizas a ladrones, los robos, los accidentes o choques de automóviles, los incidentes en los piquetes, los cortes de vías de circulación… En fin, se hace difícil nuestra vida de cada día en la gran ciudad, y en menor medida en las pequeñas, pero sea real o no la dimensión de este panorama violento, nos vamos acostumbrando a vivir en un grado de tensión permanente, en estado de alerta, estresados y conteniendo (en el mejor de los casos) una creciente cólera.

 

El enojo y el miedo son emociones básicas del ser humano y tienen su razón de ser, es decir, tienen su costado saludable. Se manifiestan corporalmente con tanta fuerza que dejan claro su costado instintivo, ligado a la búsqueda de supervivencia. El enojo es una sobrecarga energética que llena nuestros músculos y busca una catarsis. El miedo es la reacción automática defensiva y calculadora ante algo que es vivido como una gran amenaza para enfrentar la cual no sabemos si tenemos recursos.  El enojo si es funcional, nos ayuda a marcar nuestro espacio y defenderlo, a sostener nuestra autonomía y nuestra dignidad, nos da la fuerza para poder decir NO con la mayor decisión.  El miedo si es funcional, nos da una señal de alerta, nos hace evaluar antes de seguir y meternos en una situación peligrosa, nos ayuda a decidir huir cuando la amenaza es imposible de enfrentar.

 

Pero si estas dos emociones se actualizan constantemente y comienzan a formar parte de nuestro estado de ánimo permanente, comienzan a enfermarnos porque dejan de ser señales de alerta, desajustan los mecanismos de defensa y desequilibran nuestra química corporal. Al comienzo aparecen conductas de constante queja y mal humor, permitiéndonos accesos de ira que se descargan en nuestro entorno. Se torna un mal hábito tolerado incluso socialmente. También aparecen conductas evitativas, aislamiento y pensamientos de desconfianza. Con el tiempo, aparecen síntomas corporales como fuertes contracturas, dolores de cabeza, trastornos psicosomáticos, problemas de sueño como insomnio y pesadillas, pérdida o aumento de peso, rigidez corporal, trastornos alimentarios.

 

Emocionalmente, hasta dejamos de mantenernos enojados o miedosos, y nos volvemos distantes, cansados, apáticos. Perdemos contacto con el inicio de esta cadena de emociones y las mandamos al inconsciente reprimiéndolas, con el consecuente resultado de comenzar a darles más fuerza y convirtiéndolas en fuerzas peligrosas que pueden estallar en cualquier momento. Estoy describiendo situaciones particulares que cuando se van sumando por ser vividas socialmente, desatan la cólera colectiva

 

Estamos viviendo ese proceso y es momento de ser conscientes de qué nos está pasando, comprenderlo personal y comunitariamente, y darnos respuestas. Es un desafío enorme para los seres humanos tomar la posibilidad de resolver nuestros conflictos, haciendo valer nuestros derechos y no permitiendo que nos lastimen ni lastimar a otros, reconociéndonos y reconociendo a los otros y a la historia de cada uno. Es el momento de reflexionar y buscar salidas, aunque tengamos que asumir que el camino más largo será el más efectivo. Somos humanos y eso también implica ser solidarios, empáticos, protectores y razonables. Destruir o dejar de lado de un plumazo a una parte de nuestra comunidad porque son a nuestro juicio, peligrosos o inentendibles o extraños, sólo nos traerá mayor conflicto en el futuro

 

 

Cómo afrontar y curar la cólera: hay que aceptar que necesitamos ayuda y que debemos afrontar la búsqueda de los orígenes de la misma en aspectos desconocidos para nosotros mismos, reconocer las ilusiones que perdimos y el dolor que hay detrás de las heridas. Además del conocimiento psicológico hay que entender que curar esta cólera implica reflexión y acción. Es necesario tener paciencia con la furia, porque no se va de un día para otro, y porque es imperioso darle un lugar. Observar el enojo, dar lugar al proceso de transformación que este promete, utilizar su energía en otras áreas de la vida creativa, es parte del camino posible

 

Cuanto más tiempo pase, más traumática es la herida, más profunda e intensa es la cólera. Imaginen esto a nivel comunitario.  Es urgente detenerse, dar lugar a aspectos profundos y antiguos que toda mujer tiene, la mediadora, la vieja sabia, la antigua madre, pueden entrar en acción. Primero detenerse y curar las viejas heridas…

 

 

Todo este proceso de transformación de la cólera en energía disponible para la creatividad en todos los campos de la vida personal y comunitaria lleva tiempo. Este tiempo incluye también el perdón. 

 

 

 

Lic. Alicia Cáceres

 

El Pozo de Agua - Crecimiento Personal

 

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