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Lunes | 11 de Diciembre de 2017

Cada vez más brujas

Es posible tratarnos bien, sólo hace falta aprenderlo

Lic. Alicia Cáceres - 22-04-2017

 

No sé si yo estoy más susceptible o verdaderamente estamos viviendo una época vertiginosamente más violenta. Empiezo por el panorama macro porque no sólo estoy aludiendo a cuestiones de delitos que día a día pasan como si lloviera en los noticieros y a los cientos de minutos de enfrentamientos de cuarta que inundan los medios de comunicación y las redes sociales.

Nos estamos acostumbrando a ese contexto maleducado y provocador que nos hace estar alertas todo el día y que también despierta nuestros instintos peleadores.

Llegamos a casa, cansados y con hambre, y ya no nos queda resto para el mínimo conflicto. Fíjense que nombro el cansancio y el hambre como situaciones típicas donde nuestro sustrato instintivo que lucha por la supervivencia mantiene los mecanismos de defensa en la gatera. Hace falta sólo esa gota que rebalsa el vaso para que nos inunde el enojo. 

Conflictos siempre hay, y si no hay, la vida se encarga de tirárnoslos por la cabeza. Generalmente, los que nos conocen más de cerca son los que han podido ver la fiera que tenemos dentro. Más tarde o más temprano, con razón o sin ella, sacamos el zarpazo y hay alguien cercano a quien nos queremos comer crudo.

Estoy convencida de que el ser humano todavía tiene en su constitución neurobiológica mucho heredado y compartido con los animales, de hecho somos también nosotros mamíferos superiores. Nuestros aspectos instintivos toman el mando en muchos momentos, o están incluidos desde un nivel inconsciente, y afectan nuestras decisiones, vínculos y conductas.

El desarrollo de la corteza cerebral, que nos permite mayor conciencia de nosotros mismos así como la regulación de nuestras conductas, es relativamente nuevo en la historia del planeta. Es por esto que la agresividad está muy disponible para muchos de nosotros, y según la naturaleza energética de cada uno, puede estarlo en grado superlativo para algunos y muy baja o escondida en otros.

Hemos heredado de nuestros ancestros la capacidad de cobrar una fuerza increíble ante lo que vivimos como una amenaza, fuerza que nos serviría en otros tiempos para enfrentar al (o huir del) mamut en la puerta de la cueva. Todos nuestros músculos, sobre todo desde la cintura para arriba se tensan y se preparan para la acción, las piernas y pies se asientan fuertemente al piso, la vista se agudiza y todos los sentidos se focalizan en dirección a la amenaza, hasta los pelos se nos paran como les sucede a muchos animales como forma de asustar al enemigo pareciendo corporalmente más corpulentos, la adrenalina corre por nuestras células afinando nuestra respiración y nuestro pensamiento. 

Todo esto sucede cuando nos enojamos. La noticia es que esa energía que implica la agresividad, no es saludable que sea anulada. Debe ser integrada en nuestra personalidad como fuente de deseo, fuerza para la acción, espontaneidad, liderazgo, alegría, competitividad, conciencia de territorio y autonomía, sostenimiento de la dignidad y la libertad personal, en resumen, fuerza para la vida plena.

Pero qué hacemos con el enojo y todas sus variantes?

Desde el mal humor y la queja hasta la ira y el odio, pasamos por muchos matices, algunos de ellos destructivos, sobre todo si se instalan en nuestra emocionalidad como un rasgo de identidad. El mal humor de la mañana, la queja constante, las críticas desalentadoras, el sarcasmo y la ironía de los más inteligentes, la puteada a flor de piel por cualquier nimiedad, la actitud negativa hacia cualquier deseo que el otro manifieste, la amenaza del daño físico, los gritos, etc, etc… están presentes en mayor o menor medida en los diferentes ámbitos que habitamos.

El enojo, es una sobrecarga energética que busca su descarga y encuentra todo lo nombrado anteriormente como cauce. Puede que se trate de una catarsis hecha sobre el otro, o de pequeñas catarsis lanzadas como rayos al ambiente. Sea como sea, sólo con paciencia y conciencia de sí, puede el ser humano, desde sus aspectos más blandos y compasivos, integrar esta cualidad energética y usarla positivamente. 

El enojo puede ser funcional. Enojarse bien es una posibilidad, pero requiere de nuestra mayor lucidez y dedicación a nuestro crecimiento personal. Ésto se aprende, y es vital para la inteligencia social que nos está faltando. No es necesario que todos vayamos de la mano dulcemente y de acuerdo, de hecho, eso es una utopía. Es necesario aprender a expresar el enojo o a retenerlo transitoriamente, pero siempre con el fin de defender nuestra libertad y dignidad poniendo claros y precisos límites, tendiendo si es posible a un entendimiento o negociación con el otro.

Puede que el otro también esté enojado y tenga sus razones, escucharlas y darle lugar a su enojo, es incómodo, pero es el único camino honesto de llegar a un acuerdo. Si esto no fuera posible, es prudente retener el enojo para ser descargado de otra forma y emprender una sabia retirada.

Constantemente veo personas empecinadas en aclarar las situaciones pasadas, que vuelven una y otra vez a plantear un repaso de las anécdotas, reforzando nuevamente el enojo y sin estar dispuestas a escuchar. Es como si la "charla aclaratoria" fuera en sí misma el castigo sobre el otro. No es necesario que todo se aclare y se arregle en una sola conversación, pero sí, en algún momento, hay que dar por terminado el conflicto y jugar con códigos saludables. No vale estar sacando en cada nuevo enojo, los errores del pasado.

En fin, hay mucho para profundizar en este tema, que nos llevaría también a aprender sobre la capacidad de resolver conflictos, al perdón como máxima posibilidad de sanación, al peligro de acumular resentimientos, a la tremenda posibilidad de enfermar si el enojo se vuelve hacia adentro, todo tan humano, demasiado humano…

Por eso hoy te propongo, que empecemos por algo pequeño, delicado, cálido. Empecemos por los buenos modales. Esto garantiza una relación cuidada, donde uno no tiene que estar pendiente de las tensiones producidas por la agresividad mal encausada. Hasta puedo enojarme con buenos modales. Ya sé que parezco fuera de moda. Es que a veces, hasta desde ciertas modernas terapias se alientan conductas desconsideradas, en aras de la construcción de un Yo fuerte. Clichés como "ahora voy a pensar en mí" avalan conductas egoístas que ignoran que somos seres vinculares sobre todas las cosas.



Somos con los otros, nos guste o no. Si queremos subsistir como especie, más vale que lo aprendamos rápido. 

 

 

Lic Alicia Cáceres

 

 
 
 

 

Fuente: Revista digital dmujeres - Octubre de 2012

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