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Georgia O’Keeffe

dmujeres - Revista digital - 24-02-2015

Georgia O’Keeffe nació en Wisconsin el 15 de noviembre de 1887 y murió en Santa Fe, Nuevo México el 6 de marzo de 1986 con 98 años.

 

Georgia O’Keeffe es un caso curioso en el mundo del arte, porque aún siendo una de las mujeres que demostró su valía artística de forma más precoz, le costó mucho exhibir su obra y tardó por ello mucho tiempo en ser reconocida como una gran artista. En todo caso, su condición de mujer influyó en este aspecto, aunque también su personalidad y la educación recibida desde pequeña, en la que un principio básico de austeridad y modestia presidió su infancia.

 

 

Salvo las vistas de Manhattan que O’Keeffe pintó en los años veinte, toda su obra, incluidas sus abstracciones, son una celebración de la naturaleza: de las montañas, los lagos, el desierto, el cielo, el relámpago, los árboles, las flores. A través de escenarios tan diversos como el Lago George en las montañas Adirondack, donde veranearon durante años O’Keeffe y Stieglitz, y el desierto de Nuevo México, que la pintora descubrió en 1929 y adonde iría a vivir más tarde.

 

Ante cada paisaje, O’Keeffe aspira a entrar en sintonía con el genius loci, con el espíritu del lugar, para reducirlo a una esencia casi abstracta, a un motivo elemental y simbólico. Ese motivo puede ser el horizonte que divide el cielo y la tierra, separando las aguas de arriba de las de abajo. O la infinita soledad del desierto, habitado sólo por unos huesos de animales. O la gran montaña mágica (un mito común a tantos románticos, incluido el viejo Cézanne con su Sainte-Victoire. Son visiones inspiradas por una emoción religiosa, panteísta, de intimidad con el conjunto de la naturaleza. 

 

Las grandes flores de O’Keeffe, la parte más conocida de su obra. Flores enormes y simétricas, contempladas tan de cerca que casi estamos dentro de ellas, envueltos entre sus pétalos. Como los girasoles de Van Gogh, las amapolas de Nolde o los gladiolos de Soutine, las flores de O’Keeffe no son meras formas y colores decorativos, sino criaturas vivas a las que sentimos respirar y crecer, criaturas de una sensualidad opulenta y misteriosa.

 

En los años setenta, algunas feministas creyeron reconocer, en las flores de O’Keeffe, imágenes apenas encubiertas de la vagina. Al fin y al cabo, eso es lo que las flores son literalmente en la naturaleza: sexos. Georgia lo negó una y otra vez, con énfasis y con irritación: negó que sus flores representaran vulvas, que fueran metáforas del sexo femenino, pero todo en vano: la interpretación había arraigado en la imaginación colectiva. 

 

En la pintura de O’Keeffe, flores y paisajes, paisajes y flores se parecen tanto que podrían confundirse. Las estribaciones de una sierra y los pliegues interiores de un lirio son intercambiables. Al concentrarse en un motivo aislado de su entorno y prescindir de las figuras humanas, la pintora perturba nuestro sentido de la escala. El objeto, ya sea pequeño como una flor o gigantesco como una montaña, se proyecta siempre en primer plano con la misma monumentalidad. Estos close-up están influidos, sin duda, por las posibilidades técnicas de la fotografía, que O’Keeffe conocía muy bien a través de la obra de Stieglitz, de Paul Strand y otros contemporáneos. Pero, en ellos late algo más antiguo y más profundo: la intuición mística de la unidad de la naturaleza, que alienta idéntica en lo diminuto y en lo colosal, en el microcosmos y el macrocosmos.

 


Fuente: www.elcultural.es

 

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