Cada vez más brujas

Aprendiendo a conversar

Lic. Alicia Cáceres - 15-10-2013

“He tomado sobre mis espaldas el monopolio de mejorar sólo a una persona, esa persona soy yo mismo y sé cuán difícil es conseguirlo” Mahatma Ghandi

 

En general creemos que nuestros conflictos tienen que ver con motivos muy profundos propios o de los otros. No siempre es así, lo complejo de nuestros problemas muchas veces tiene que ver más con el tiempo que llevamos enredando las cosas que con las difíciles características de la situación a resolver. Es por esto que, aún cuando cada ser humano tiene su propia y singular historia, encontramos que las historias y problemas de los otros nos resuenan y nos parecen similares a las nuestras. Carlos Campelo, mi querido maestro, decía con mucha sabiduría un viejo refrán con su novedoso aporte: “mal de muchos, consuelo de muchos”. Es cierto, nos alivia saber que no somos los únicos lidiando con un tema, que otros ya lo hicieron antes, y que algunos encontraron alguna salida creativa al dilema. 

 

Para resolver un conflicto, es mejor pescarlo desde chiquito. No dejarlo que crezca y se vaya enredando con otros, desdibujándose, confundiéndose en los efectos que produce, sumando actores con otros intereses y pasiones. Un conflicto pequeño y reciente requiere pocos actos para ser disuelto, aunque obviamente no estoy diciendo que estos actos sean superficiales. 

 

Dos cosas me sorprenden muchas veces en el ámbito terapéutico: la enorme dificultad para ponernos en el lugar del otro y la poca capacidad para conversar. Las sesiones de parejas o familias comienzan en general con tal alboroto que es necesario pactar con el terapeuta algunas cuestiones formales que permitirán en el mejor de los casos registrar al otro presente, y escucharlo. Conversar ya es otro cantar, ahí se llega después de un largo entrenamiento. 

 

Los seres humanos no tenemos biológicamente la capacidad de reproducir lingüísticamente lo que realmente está ocurriendo. Trabajando arduamente con nosotros mismos para ampliar nuestra mirada egocéntrica e instintiva, somos capaces de transformarnos en observadores más lúcidos, pero aún así, interpretamos lo que nos rodea y lo que nos pasa desde los límites de nuestra historia, nuestra emocionalidad y nuestra biología. Cuando hacemos un relato de lo que nos sucede, lo hacemos desde el observador que somos. Incluso hoy sabemos que nuestra memoria va cambiando los relatos que hacemos: tendemos a ir distorsionando los recuerdos, tanto personal como comunitariamente.

 

“Normalmente damos por sentado que lo que escuchamos es lo que se ha dicho y suponemos que lo que decimos es lo que las personas van a escuchar” Rafael Echeverría

 

Es por esto que, aún con las mejores intenciones y queriéndonos mucho, nos quedamos alelados cuando el otro cuenta el mismo episodio completamente diferente a nosotros. Pensamos que miente, o está loco, o quiere manipularnos, etc… No digo que esto no suceda. ¡Pero muchísimas veces simplemente se trata de nuestra incapacidad para ver y admitir que el otro es otro! Por lo tanto uno dice algo y el otro escucha lo que escucha. Y viceversa.  ¿Y cómo enfrentamos esto?  Agarrándonos con toda nuestra fuerza a nuestra historia, porque ¡esa es la única verdad! O sea, no podemos ni queremos escuchar. Como si dando esa mínima posibilidad al otro perdiéramos seguridad y poder personal. Es una reacción instintiva de supervivencia que proviene de nuestro cerebro más arcaico. Pero la complejidad de la vida humana nos pide crecimiento de nuestra creatividad para solucionar los conflictos.

 

Cuando escuchamos, estamos interpretando lo que le pasa al otro. Para esto, es necesario suspender los juicios y nuestras conversaciones internas. Si mientras el otro habla, estoy pensando mis propios argumentos para rebatirlo, posiblemente gane la discusión, pero no solucionaré el conflicto de fondo. Si elijo pelear y confrontar, no estoy eligiendo acordar y negociar. Si gano arrasando al otro, esa solución no será duradera. Y si acuerdo negociando exitosamente, tengo que sentir que cumplí en parte con mi deseo y en parte me he frustrado. 

 

Por otro lado, qué fantástico se siente ser escuchado. Es un reconocimiento que nos hace el otro de nuestra identidad, y de nuestra perspectiva. Acorta las distancias, disuelve la soledad.

 

¿Te diste cuenta, que cuando hablamos estamos realizando actos concretos? El lenguaje es acción, y no estamos muy conscientes de esto. Si digo “te felicito” no estoy describiendo una felicitación, estoy realmente haciéndola en este momento. Si te cuento como veo algo, lo describo, y soy responsable de la veracidad de lo que afirmo. Al hablar estoy configurando muchas veces nuevas realidades. Si te digo “perdón” estoy realizando un acto importantísimo para nuestro vínculo emocional que seguramente afectará positivamente al mismo. Si hablo sin ser consciente de los juicios que habitan en mí, voy construyendo prejuicios, resentimientos, ilusiones, que con el tiempo armarán una madeja difícil de desenredar. 

 

El lenguaje humano es maravilloso y nos ha llevado a evoluciones increíbles, pero también nos ha brindado el malentendido y la capacidad de dañar al otro. Según el médico mexicano Miguel Ruiz, los antiguos toltecas transmitieron estos cuatro dogmas, llamados “Los cuatro acuerdos toltecas”, que podrían guiar nuestras conversaciones y no sólo nos evitarían conflictos sino que nos ayudarían a crecer éticamente.

 

 

1.   "Sé impecable con tus palabras"

 

2.   "No te tomes nada personalmente"

 

3.   "No hagas suposiciones"

 

4.   "Haz siempre tu máximo esfuerzo"

 

 

Las palabras tienen energía, tienen magia, van conformando la realidad. Por esta razón debemos tratar de ser impecables.

 

Cada persona tiene su sistema de creencias, su historia, su personalidad singular. No te ofendas, ni te expongas al maltrato. Las palabras pueden herir pero, sobre todo, si no comprendes que cada uno habla desde su perspectiva.

 

Vos también escuchas desde tu perspectiva. No temas preguntar si tenés dudas, es mejor chequear si estamos entendiendo bien.

 

Dar lo mejor de nosotros mismos, honestamente, parándonos sobre nuestras limitaciones, nos llena de satisfacción personal. Y nos dará la tranquilidad de no dejar conversaciones pendientes.

 

 

Lic. Alicia Cáceres

 

El pozo de Agua

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