Cronopias

Mentir para decir la verdad

Mariana Taberniso - 09-02-2014

 

Con esos ojos llenos de luz, tiene los ojos más celestes que vi, después de los de mi Abuela Elvira. Con ellos miraba las papas fritas del plato de mi mesa; se aproximó a la silla, la trepó y apoyó sus manitos. Con esa mirada se quedó en mi vida para siempre. Tenía 2 años. Hoy tiene 18. Se llama María Sajoux y escribe. Lo que siente, lo que se pregunta, lo que reflexiona. Aún no ha publicado, por eso les dejo dos de sus textos, sus relatos cortos, para que la vayan conociendo.

 

Uno de ellos es el que me llevó a escribir la nota de este mes. Existe un relato de María, donde ella habla de “las palabras”. Inmediatamente sentí que “me” refería, cuando tuve el privilegio de escucharla leer. Entendí una vez más ése poder infinito de las palabras.

 

De eso quise que habláramos en CRONOPIAS, de ése valor poético, mentiroso, silencioso que tienen las palabras en la Literatura. Esa maravilla que logran, escritas o dichas.

 

Que la palabra nos constituye humanos, lo sabemos.

 

Que festejamos la primera palabra de un bebé, con la fuerza eruptiva de un volcán también.

 

Que la historia se detiene en: Sus  últimas palabras fueron…, lo hemos escuchado.

 

Mientras leía a María en algunos de los relatos que me envió, recordaba a Liliana Bodoc en esos minutos TED increíbles, donde nos habla del modo insustituible con que las palabras nos permiten conocer el mundo, donde con ellas el pensamiento poético dice sin decir, miente para decir la verdad. Las palabras nos dan excusas, nos acarician, nos golpean, las palabras nos regalan sonrisas, lágrimas, suspiros

 

Qué magníficas son las palabras!!! Sólo se existe, si alguien nos nomina.

 

A su pesar, las palabras nos llenan, nos invaden, nos angustian, y nos alivian.

 

Siempre tuve con las palabras una relación amor-odio. Será que mi madre me llenó de palabras, literarias, poéticas y otras racionales. Las últimas no tan tersas; será que por eso repleté a mis dos hijos, Juan y Paco, de palabras, (en ocasiones el tiempo demostró que algunas fueron pocos útiles y hasta letales).

 

Pero están también todas aquellas palabras que vincularon mi vida con la literatura, la poesía y el arte. Todos y todas tenemos de ésas palabras en nuestro HABER.

 

Ésas, nos hicieron.

 

Ésas, me hicieron más LIBRE.

 

Las invito Cronopias, a disfrutar de las palabras de María Sajoux, nombre que les sugiero agenden y recuerden para un futuro, que siempre es una palabra por-venir.

 

Y también les comparto las palabras de Liliana Bodoc sobre el pensamiento poético y la palabra literaria. Con las suyas me despido.

 

Es también mi deseo que “si algún día nos quedamos SIN palabras, sea porque estamos maravillados y NO porque estamos vacíos.”

 

 

El placer siempre es mío.

 

 

Mariana 

 

 

 

 

 

Decirle al miedo 

 

por María Sajoux

 

 

El cuerpo tiene memoria. Te reconocí. Te sentí. Me abrí. Dije. Pensé. Sentí. Actué. Elegí. Me confundí. Me arrepentí. Me acerqué. Te busqué. Me alejaste. Me dejé ir. Reconocí el dolor. Elegí seguir.

 

Se entorpece las palabras cuando se amontonan para salir después de una larga espera por hacerlo. Se desordenan, rompen filas, enmarañadas y desorientadas se nos escapan y terminan por perderse en una tormenta de confusión y (a)bruma(ción). Y así es como no encontramos palabras a la hora de las explicaciones. Nuestros ensayos de discursos perfectos, todas esas horas armando listas mentales de cosas por decir, la desazón de no encontrar momento ni excusa para decirlo a quien tenemos que decírselo, y ver que la invención de diálogos siempre tiene un poder mucho más grande cuando retumba en nuestra cabeza que la palabra a la hora real de la palabra.

 

Esperamos tanto el momento que entorpecemos el presente. Las palabras (otra vez las palabras!) suenan chiquitas y desinfladas cuando por fin podemos ubicarlas en el contexto correcto. Como si la voz no quisiera salir, o como si realmente todo el diccionario de sentimientos y temas no cotidianos se extinguiera de nuestro saber. Por alguna razón que se escapa de todo entendimiento el momento de los discursos nos vuelve mudos.

 

Dije poco. Pero vos, que hablaste menos, lo hiciste con la certeza precisa para anular mi capacidad de respuesta, encendiendo el silencio y la tristeza. Cuando le pusiste punto final a lo que decías yo sentí mi cuerpo volverse jirones en esta historia incompleta a la que nos faltó vivirla como merecía. Sentí como si por un momento me pudiera extinguir. Desaparecer. Dejar de ser yo sobre esta tierra, o como si me empujaran a la desolación sin ser capaz de aferrarme a nada en la caída. Verme cayendo, saber que no hay qué o quién me sostenga esta vez. Caer. Transitar la caída como no lo pude hacer con vos, entregarme a ella y sentirla recorrer mi cuerpo (como también te sentí a vos). Saber que en lo bajo (o en lo alto de este andar por un dolor que no tiene nombre) encontraré lo que se necesita para reanudar el movimiento, y en el medio las respuestas a tantas preguntas.

 

Cuando el discurso no encaja en contexto, cuando la explicación a todo lo que pasa no encuentra un lugar para aclarar la situación, cuando el diálogo no se presta a que un manto de claridad acompañe a la situación, ¿qué se hace? ¿Qué hago yo con todo lo que tengo para decir?

 

La historia que nos toca es una cosa, las elecciones que hacemos a partir de ella es otra. Estamos atravesados por el vientre materno, y toda la herencia que con ella recibimos. Desde el refugio cálido de nuestras madres ya cargamos cosas de otros que nos acompañarán en la vida. Hay sucesos que se nos escapan. Inevitables hechos que nos marcan. Está en cada uno el lugar que se le da.

 

La vida nos atraviesa, como lo hace el amor cuando nos arrebata de manera inesperada. Elegí hacer de mis vivencias experiencias fortalecedoras que me ayudan a encarar la vida de la manera más positiva y comprensiva posible. Crecí con ellas y me obligué a ser adulta antes de que llegue la adultez para sobrevivir por mis propios medios y ya no depender del pasado. Me fortalecí y ello implicó endurecerme en aspectos tales como el orgullo, la sinceridad del corazón y la capacidad de abrirme antes quienes debería hacerlo.

 

Ante la necesidad de ser escuchada me volví observadora y aprendí a escuchar. No sabes cuánto me gusta escucharte. Atesoraba cada cosa que me contabas con la ilusión de un niño que guarda una vaquita de san Antonio en una cajita y la alimenta con pasto y le decora su nueva casa con piedras y una flor. El niño quizá no sepa que es una mariquita y no una vaquita de san Antonio.

 

Nació en mí la necesidad de protegerte y cuidarte de una forma que desconocía. Sabía que existía la protección, pero lo que despertaste era más bien un profundo deseo de acariciarte el alma para que ya no sufra.

 

Tú historia.

 

Contar de ella sería violar tu intimidad. Transcribir tus relatos (que inscribiste a la vez en mí) nunca me pareció una opción. Confío en que podrás traer al presente todo lo que viviste desde tiempos remotos cuando rulitos empezaban a asomarse al sol de un pueblo cercano al mar para comprender lo que quise decirte cuando te dije que tenías miedo a querer. Que te dejaras querer. Hablo de todo lo vivido hasta hoy. Yo puedo asegurar que la elección de soledad que nos acompaña no es más que una pantalla que no nos deja ver lo que realmente queremos. Elegir la soledad es evitar el compromiso. ¿Cómo elegir compromiso cuando nunca nadie nos enseñó lo que era? ¿Cómo se hace para comprometerse cuando nadie se comprometió con uno antes? ¿Cómo nos elegimos si no sabemos lo que es que nos elijan? ¿Cómo queremos si cuando necesitamos ser queridos nos dejaron solos? ¿Por qué cambiar si repetir la historia es más fácil?  Ya conocer el camino es mejor que entregarse al sentir sin ningún tipo de seguridad de que el amor no falle, como lo hace siempre que puede.

 

Otra vez miedo. Miedo a querer. Miedo a que nos quieran. Miedo a decir. Miedo a sentir. Miedo a esta soledad que elegimos. Miedo a que las historia se repita. Miedo a descubrir que nos quisieron y que no supimos verlo a tiempo. Miedo. Miedo. Miedo. Maldito miedo que nos aluna, nos hace llorar, temblar y elegir la seguridad de algo que no queremos elegir.

 

Comprender es amar. Amar es dejar ir. Pero también es decir. Y yo no quiero callar. Quiero decirte, quizá lo dije tarde, quizá tendría que haberlo dicho cuando necesitabas escucharlo, pero lo digo hoy.

 

Te quiero. Te quiero de la forma más sincera. Te quiero en la entrega más tierna. Te quiero porque cuando nos sentamos en silencio y vos me abrazas por atrás yo sólo quiero eso. Sentirte pensar. Dejar que el silencio se sume a nuestro abrazo, y que si rompemos el silencio sea para decir. Decir todo lo que el miedo no nos deja. Miedo al miedo. Miedo a perderte. Miedo a este vacío de soledad al que me empujaste.

 

No es que no lo supiera. Pero a veces es mejor dejarlo pasar. Preferí intentarlo. Preferí ser sincera pese a que te veía paralizado por un miedo que te deja solo.

 

En la soledad se está bien. Se está con uno  y con el tiempo para disponer de él con libertad. En la compañía se está con uno. Se está con el otro.

 

Dijiste que no querías compromiso. Te dije que nunca hablé ni exigí eso.

 

Pero tenés razón. Querer implica compromiso. El sentir implica compromiso. Si no nos comprometemos no hace falta hacernos cargo de lo que nos pasa. Si dejamos lo que nos pasa entonces pasa, y ahí no hay mal que por bien no venga, porque lo que sentimos va a pasar. ¿Va a pasar?

 

 

 

Truenos de la memoria

 

por María Sajoux

 

 

El cielo afuera ruge, te lo juro, como si de pronto algo lo hiciera estremecerse y gritar. No puedo decirte la hora, sólo sé que es tarde y no puedo dormir. Veo caer una tras otras las imágenes de esos momentos que transitamos. Una tras otra, una y otra vez… una tras otra. Paseando entre recuerdos sentí que te adoraba como en los primeros días, donde todo era confuso y nuevo, ahí donde siempre me creía al límite de perderte y yo jugaba a seducirte para retenerte un rato. Claro que todos los límites son convenciones, esperando ser transgredidos. Uno puede transgredir una convención con tan solo concebir hacerlo.

 

Y yo lo hice. Transgredí los límites que ponías, transgredí tu desinterés, tu refugio. Puedo decir exactamente el momento en que dejaste de alejarme. Todavía me dura tu sensación en los huesos cuando pienso en esa noche, no es casual, también había una tormenta.

 


Si estoy dejando todo esto que se cruza por mi cama en un papel es porque cuando los silencios se me inundan de palabras no dichas siento que las manos se me hunden en el deseo de escribir, que la lengua se me anuda en confusión y la cabeza se me llena de imágenes que se van escapando de mí, a lugares irrecuperables a los que me esforzaré por llegar sin lograrlo, y de esta forma dormir se me vuelve imposible.


Antes de apagar la luz y perderme en los ruidos de la tormenta y el sueño tardío quiero decirte que te quise en la complicidad y en el forcejeo. Que supe que te quería desde que te vi en esa terraza mientras esperabas que el tiempo se disolviera con el mar y que fue ahí cuando entendimos que mientras no estuviéramos juntos el tiempo sólo se volvería eso, una espera inagotable de un tiempo más feliz.

 

 

 

 

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